Una hermosa mañana fui nombrada maestra a cargo de un grupo selecto, los mejores estudiantes de la escuela primaria donde trabajaba, se habían ganado un viaje al Museo de Sonora , ubicado en la antigua penitenciaría.
Estaba muy contenta, eran los mejores alumnos y yo no tendría ningún problema. Subimos la enorme escalinata de piedra, esperamos formados un rato por fuera del Museo, admirando las fuertes paredes de piedra también, se veía majestuosa la construcción, parecía un palacio; todos estábamos muy contentos.
Cuando nos tocó entrar, empecé a sentir mucha angustia, al recorrer las salas de 6 por 2 metros cada una aproximadamente, no podía observar nada, los oídos me zumbaban, quería escapar, me imaginaba rodeada de presos que clamaban piedad, se sentían muy tristes, arrepentidos, deprimidos, angustiados y algunos muy enojados y desesperados.
Al ver las angostas ventanas selladas y protegidas con gruesas varillas como rejas, me imaginé el sufrimiento de las personas que estuvieron hacinadas ahí, aunque está actualmente refrigerado, sentía muchísimo calor, paso a paso nos fuimos desplazando por cada sala, parecían enormes pasillos, me podía imaginar entre 15 y 20 gentes en cada sala, sufriendo fortísimos calores, ya que en esta ciudad, en el verano, el termómetro no baja de 40 °C pero entre paredes de piedra esto debió ser un infierno.
De repente alguien nos dijo que bajando unas escaleras, en el sótano, se encontraba la celda de castigo, ¡Dios mío! ni debería haber bajado, solo vi un enorme cuarto grande y oscuro, este no estaba remodelado, únicamente tenía una puerta la cual era de madera vieja y desvencijada, se sentía un calor bochornoso y húmedo, las paredes estaban descascaradas. Sentí inmensas ganas de llorar, no podía hacerlo porque los alumnos se asustarían, sufrí mucho por los hombres y jóvenes que estuvieron ahí, culpables o inocentes, me los imaginé encerrados sin luz, sufriendo frío o calor, quizá hambre y cabe decir, malos tratos.
Parecía como si yo hubiera sido una de esas personas, me dolía el corazón, me faltaba el aire, sentía mucho calor y ganas de llorar.
Les aseguro que del Museo no vi nada, parecía que yo entré a otra dimensión, cuando llegué a mi casa lloré muuuuuuucho y prometí orar por todos los presos, aunque si se me ha olvidado, pero por eso escribo para tenerlo presente, y nunca olvidarlo, jamás volví...ni volveré.
Por lo tanto, les ruego portarse bien y hacer una pequeña oración por los presos.

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