Cuando era una niña, muy seguido escuchaba hablar de "la mujer de blanco", mi mamá dijo que una vecina una noche la había visto en el patio de mi casa, siempre creí que eran cuentos para asustar niños, nunca me la creí, os lo juro; hasta que la vi, "con estos mismos ojos que se han de comer los gusanos" -así decía una tía cuando quería asegurarse que le creyéramos, me gustaba la expresión-.
Una noche, pasando quince minutos de las doce, iba en el asiento trasero del volkswagen de una compañera maestra, acabábamos de recoger a otra amiga y nos reuniríamos en casa del Profr. Mario, quien cumplía 40 años de servicio y todo el personal docente le brindaríamos una sorpresa, una serenata, ya se había citado al mejor Mariachi de esta ciudad.
En un desolado crucero, a unos 30 metros vi una mujer de blanco, el vestido le cubría los pies y los brazos, llevaba un velo como de monja, realmente parecía un hábito; en unos segundos traté de razonar la situación: no había gente ni del lugar donde procedía ni a donde se dirigía la mujer, iba a un terreno baldío, caminaba de una manera muy extraña, como si se deslizara, extrañamente, sin siquiera sentir miedo, la piel se me puso chinita y sentí un escalofrío, les dije a mis amigas "vi a la mujer de blanco", lo tomaron a broma y se querían regresar, lo cual impedí ya que me había entrado mucho miedo. Todos en la reunión me dijeron que rezara por su alma.
Aun no me explico por qué la vi, la verdad, no le quise rezar, le dije (mentalmente) -y ahora, ¿Cada vez que quieras que te recen te me vas a aparecer?-
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